La ilusión nos ganó antes que Inglaterra
México no perdió solamente contra Inglaterra. Perdió antes, cuando la ilusión se volvió certeza; cuando el entusiasmo dejó de ser esperanza y se convirtió en discurso nacional.
La Selección había ganado, sí. Había cumplido, sí. Pero todavía no había enfrentado a un rival de verdadera jerarquía mundial. El nuevo formato del torneo permitió avanzar más, celebrar más y creer más, aunque el examen grande aún estaba pendiente.
Y ese examen llegó contra Inglaterra.
Ahí se acabó la espuma. Ahí apareció la diferencia entre competir y dominar; entre ganarle a rivales accesibles y sostener noventa minutos frente a una potencia. México luchó, metió dos goles, emocionó por momentos, pero terminó perdiendo 3-2 ante un equipo que castigó los errores y mostró oficio en los momentos clave.
MI TAQUERÍA
El problema no fue creer. El problema fue creer demasiado pronto.
La ilusión fue alimentada por todos: aficionados, medios, marcas y políticos que hicieron del Mundial una narrativa de destino. Parecía que México ya había roto su techo histórico antes de demostrarlo en la cancha. Pero el futbol, tarde o temprano, cobra la factura de las exageraciones.
Esta eliminación no borra lo bueno, pero sí obliga a poner los pies en la tierra. México compitió, pero no le alcanzó. Y eso también es una verdad.
La derrota duele porque la ilusión ya estaba plantada. Pero quizá la lección más importante sea esa: no confundir ambiente con grandeza, ni fiesta con superioridad futbolística.
A México no lo derrotó solo Inglaterra. Primero lo venció su propia expectativa.
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