Don Genaro, ya leí su discurso. Mejor debería retirarse…
En la política tuxpeña hay carreras que se encienden y carreras que sólo hacen humo. La del ex diputado local Genaro Ibáñez Martínez pertenece, hasta ahora, al segundo grupo. Durante su paso por el Congreso de Veracruz, su labor legislativa fue, en el mejor de los casos, gris y poco visible. No se recuerda que haya impulsado iniciativas relevantes, reformas debatidas o causas que marcaran agenda. Más que legislador, pareció testigo de su propio encargo.
Ibáñez intentó en dos ocasiones alcanzar la presidencia municipal de Tuxpan, sin éxito. No fue sino hasta que el fenómeno electoral de Andrés Manuel López Obrador lo colocó en la ola ganadora que llegó a la Diputación Local. El mérito político propio quedó eclipsado por el impulso de un movimiento nacional, no por una base de trabajo local que lo reclamara.
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Aun después de esa oportunidad, su brújula siguió apuntando al Palacio Municipal. El año pasado todavía buscó ser candidato por MORENA para la alcaldía de Tuxpan. Y no lo logró. Cuando un proyecto político no prende en el territorio, insistir no es perseverancia: es nostalgia.
Hoy, con un nuevo Cabildo ya instalado y una etapa distinta para la ciudad, la pregunta es inevitable: ¿qué sigue para quienes nunca dejaron huella? Quizá la mejor respuesta es la más humana: saber cuándo dar un paso al costado.
Genaro Ibáñez es profesor de formación. Aunque no hay información pública suficiente para valorar su desempeño docente —y sería irresponsable juzgarlo en ese terreno— sí puede afirmarse que su lugar natural es el aula, no la boleta. Después de años de intentos fallidos por regresar al poder público, lo sensato sería que cerrara el ciclo político y se permitiera vivir la siguiente etapa desde la dignidad que da la vocación original: la enseñanza.
La política también necesita retiros a tiempo. Tuxpan requiere debates de futuro, no regresos de pasado. Y los ciudadanos, cuando votan, lo hacen para elegir transformación, no repeticiones.
En mi opinión, retirarse no es derrota; es claridad. Y quizá, para Ibáñez, la mejor 4T que podría abrazar es la de su propia vida: transición, tranquilidad y tiempo. Que disfrute su jubilación, que camine el bulevar sin campañas, que recupere el gusto por vivir sin cargos, y que deje a la política tuxpeña escribir nuevos capítulos.
Porque hay un principio democrático que no falla: cuando el pueblo no te llama, el poder no es destino. Es despedida.


