El Dólar baja, pero NADA baja en el mercado
Confieso que me sorprendió leer la carta de la Asociación Nacional de Empresarios Independientes dirigida a Banxico, Hacienda y la presidenta Claudia Sheinbaum. No porque hablen mal del famoso “superpeso”, sino porque, siendo honestos, muchos ya intuíamos por dónde iba el asunto… aunque no con ese nivel de tecnicismos financieros. Al final les dejo el enlace de la carta para que me entiendan lo del «nivel de tecnicismos» y es por eso que me ateví a hacer esta columna con este tipo de temas, que casi no cubro. Para que no pase desapercibido y le entiendan…
Porque sí: en papel, que el peso esté fuerte suena bonito. Se escucha elegante. Da titulares optimistas. Hace que los funcionarios sonrían frente a las cámaras. Pero luego uno sale al mundo real, va al mercado, carga gasolina, paga la luz, revisa la renta, compra tortillas, huevo, carne, el zacahuil… y se pregunta:
¿Entonces dónde está el beneficio?
Porque si el dólar baja, pero nada baja con él, algo no cuadra. La carta pone sobre la mesa una discusión incómoda pero necesaria: que un peso fuerte no necesariamente significa una economía fuerte para todos, y ahí fue donde me atrapó la lectura, porque lo aterrizan en algo muy simple:
Si usted tiene un familiar en Estados Unidos que manda cien dólares a la semana, antes —cuando el dólar estaba más caro— ese dinero rendía más en pesos. Por ejemplo, si una familia recibía 100 dólares cuando el dólar estaba a 20 pesos, recibía 2,000 pesos. Pero con dólar a 17.20 pesos, recibe 1,720 pesos. Pierde 280 pesos por cada 100 dólares, mientras sus gastos en México no bajan.
Hoy, con un peso fortalecido, esos mismos cien dólares valen menos. Es decir, el migrante tiene que trabajar más para mandar lo mismo en términos reales, y aquí no es como que el recibo de la CFE diga: «Como el peso está fuerte, le vamos a descontar.» Ni el casero toca la puerta para decir: «Oiga, como el dólar bajó, su renta baja». Ni el de la gasolinera anuncia: «¡Buenas noticias! Hoy el litro está más barato gracias al superpeso».
Nada de eso pasa. Y ahí es donde el ciudadano común entiende perfectamente lo que a veces los economistas explican con gráficas.
Porque el bolsillo no necesita un doctorado en economía. El bolsillo lo siente.
La gasolina es quizá el mejor ejemplo.
México presume estabilidad cambiaria, pero el precio del combustible no se comporta como uno imaginaría. Y sí, hay explicaciones técnicas: que el petróleo internacional, que los impuestos, que el IEPS, que la logística, que Pemex, que los costos de distribución… Todo eso puede ser cierto.
Pero al final el consumidor solo ve una cosa: el dólar bajó… pero el precio no.
Entonces la percepción ciudadana se vuelve brutalmente lógica: “¿Y de qué me sirve?”
La carta de los empresarios va más allá y acusa que este tipo de cambio favorece importaciones baratas, castiga a productores nacionales y hasta puede convertir el nearshoring en una simple nueva versión de las maquilas de siempre, es una postura debatible, claro. Porque también hay economistas que defenderán el peso fuerte argumentando control inflacionario y estabilidad.
En mi opinión el punto que me parece imposible ignorar es otro: si la fortaleza del peso solo se siente en los discursos, pero no en el mercado local, entonces para millones de mexicanos esa fortaleza es puramente decorativa. Y creo que ahí está la verdadera conversación. No en si Banxico tiene razón. No en si Hacienda debe intervenir.
La pregunta real es mucho más sencilla: Si el superpeso es tan bueno… ¿por qué la vida sigue igual de cara? Al final -como dice el Poeta Alvarado- las únicas heroinas de esta historia económica mexicana y del superpeso son las vendedoras de Zacahuil, que no han subido el precio del producto, o al menos a mi siempre me dan la mísma cantidad de producto por los $25 pesitos…
Les dejo pues el enlace de la famosa carta de la ANEI:
https://www.anei.org.mx/carta-a-banxico-shcp-y-sheinbaum/



