El 7 de agosto de 1990 quedó marcado en la memoria de los tuxpeños. Aquella tarde, el huracán Diana golpeó con fuerza la región y su ojo llegó a pasar sobre el centro de Tuxpan, provocando uno de esos momentos extraños que solamente comprenden quienes han vivido el paso directo de un ciclón.

Primero llegó el viento con una fuerza impresionante. Los árboles se doblaban, las láminas salían volando, las ramas caían sobre las calles y la lluvia golpeaba las ventanas como si quisiera entrar a las casas. Después, en medio de aquel estruendo, ocurrió algo desconcertante: todo quedó en calma.

No era que el peligro hubiera terminado. Era el ojo del huracán.

Una calma que engañó a muchos

Quienes vivieron aquella tarde recuerdan que, durante algunas horas, el viento disminuyó notablemente y dejó de llover en distintos puntos de la ciudad. Algunas personas salieron de sus casas para observar los daños, recoger objetos o tratar de asegurar puertas y ventanas.

Parecía que Diana ya se había ido, pero en realidad Tuxpan se encontraba dentro del ojo del ciclón.

Después de aquella breve tranquilidad llegó nuevamente el viento, ahora soplando desde la dirección contraria. La segunda parte del huracán terminó de arrancar ramas, derribar árboles, afectar viviendas y cortar los servicios de energía eléctrica y comunicación.

Ese cambio repentino —del estruendo a la calma y nuevamente al vendaval— quedó grabado en la memoria colectiva de la ciudad.

Diana se fortaleció frente a las costas de Veracruz

El fenómeno se había formado días antes en el Caribe. Tras cruzar la península de Yucatán, salió nuevamente a las aguas cálidas del Golfo de México, donde comenzó a fortalecerse rápidamente.

Durante las primeras horas del 7 de agosto, Diana alcanzó la categoría de huracán y, más tarde, llegó a categoría 2 en la escala Saffir-Simpson, con vientos máximos sostenidos cercanos a los 160 kilómetros por hora.

Los registros del Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos sitúan su entrada a tierra alrededor de las dos de la tarde, hora local, en la costa norte de Veracruz, cerca de Tuxpan. Sin embargo, para los habitantes de la ciudad la referencia es mucho más precisa: el ojo del huracán cruzó directamente sobre la zona urbana.

Desde horas antes, el puerto había sido cerrado a la navegación y las autoridades habían ordenado evacuar a cientos de personas que vivían en terrenos bajos o cercanos al río y la costa.

Tuxpan quedó bajo el agua y sin servicios

Además de los fuertes vientos, Diana dejó lluvias torrenciales que provocaron inundaciones y aumentaron peligrosamente los niveles de ríos, esteros y lagunas.

Numerosas colonias y comunidades de Tuxpan resultaron afectadas. Varias viviendas sufrieron daños en sus techos, árboles y postes fueron derribados, caminos quedaron obstruidos y amplias zonas permanecieron sin electricidad ni servicio telefónico.

En aquellos años no existían los teléfonos celulares ni las redes sociales. Cuando se cortaban las líneas telefónicas y se iba la energía eléctrica, las familias podían pasar horas o incluso días sin saber qué había ocurrido en otras colonias o comunidades.

La radio se convirtió en uno de los pocos medios disponibles para recibir información, conocer la ubicación del huracán y escuchar los llamados de emergencia.

La tragedia alcanzó todo el Veracruz Norte e Hidalgo

Aunque Tuxpan recibió directamente la fuerza del ciclón, las consecuencias más graves se extendieron por buena parte de Veracruz Norte y las regiones montañosas de Hidalgo y Puebla.

Las lluvias provocaron desbordamientos, inundaciones y deslaves. Varias comunidades quedaron incomunicadas, cientos de viviendas fueron destruidas y miles de hectáreas de cultivos resultaron dañadas.

Los reportes meteorológicos atribuyeron decenas de muertes al paso de Diana. El resumen oficial de la temporada ciclónica señaló que solamente en Veracruz habrían fallecido 96 personas, aunque las cifras variaron conforme avanzaron las labores de búsqueda y evaluación.

La magnitud del desastre llevó posteriormente a retirar el nombre “Diana” de las listas utilizadas para identificar ciclones tropicales en el Atlántico.

Un huracán que Tuxpan no olvidó

Para quienes eran niños, jóvenes o adultos en 1990, Diana no es solamente un dato meteorológico. Es el recuerdo de las ventanas protegidas como se podía, las familias reunidas dentro de sus casas, el ruido de las láminas volando y los árboles doblándose bajo la fuerza del viento.

Pero, sobre todo, es el recuerdo de aquella calma inesperada en pleno centro de la ciudad.

Durante unos minutos, Tuxpan quedó dentro del ojo del huracán. El viento se detuvo, la lluvia disminuyó y algunos pensaron que lo peor había pasado. Luego llegó nuevamente el vendaval y confirmó que Diana todavía no terminaba.

Han pasado décadas desde aquel 7 de agosto de 1990, pero en Tuxpan todavía hay muchas personas capaces de recordar dónde estaban, qué hicieron y cómo se sintió ver al cielo guardar silencio en medio de uno de los huracanes más destructivos que han golpeado la región.

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