
El cuatro de febrero de mil novecientos trece quedó marcado como una fecha significativa en la historia urbana y cotidiana de Tuxpan. Ese día entró oficialmente en servicio el reloj de cuatro carátulas instalado en la torre de la Catedral, al mismo tiempo que se colocaron las campanas que, desde entonces, comenzarían a marcar las horas, los oficios religiosos y los momentos clave de la vida comunitaria.
La instalación del reloj no fue un hecho menor. En una época en la que pocos hogares contaban con relojes propios, el reloj de la Catedral se convirtió en el gran regulador del tiempo público. Comerciantes, estudiantes, trabajadores portuarios y familias enteras organizaban su jornada conforme al tañer puntual que descendía desde lo alto del campanario hacia las calles del centro.
Un símbolo de orden y modernidad
El arranque del reloj en 1913 representó también un signo de modernización para la ciudad. Dotar al templo principal de un mecanismo visible desde distintos puntos del centro significaba introducir orden, sincronía y disciplina temporal en una población que crecía al ritmo del comercio, el puerto y la vida administrativa regional.
No era solo un objeto mecánico: era un mensaje. El tiempo ya no dependía únicamente del sol o de la costumbre, sino de un instrumento preciso que hablaba de progreso y de una ciudad que se asumía como referente regional en Veracruz Norte.
Las campanas: voz de la ciudad
Junto con el reloj, las campanas fueron instaladas en la torre, otorgándole a la Catedral una presencia sonora que trascendía lo religioso. Su repique anunciaba misas, festividades, emergencias y lutos; marcaba el inicio y el cierre del día; acompañaba procesiones y celebraciones cívicas.
Durante décadas, el sonido de esas campanas formó parte del paisaje emocional de Tuxpan, un lenguaje común que todos entendían, incluso sin mirar el reloj.
La Catedral como eje urbano
La Catedral de Tuxpan no solo ha sido un espacio de fe, sino un punto de referencia urbano, social y simbólico. Con la entrada en funcionamiento del reloj en 1913, el edificio reforzó su papel como corazón del centro histórico, donde convergían el tiempo, la tradición y la vida diaria.
Una efeméride que sigue latiendo
Más de un siglo después, el reloj de la Catedral continúa siendo testigo silencioso de generaciones enteras. Ha visto pasar revoluciones, huracanes, bonanzas, crisis y transformaciones profundas de la ciudad. Cada campanada conecta el presente con aquel cuatro de febrero de mil novecientos trece, cuando Tuxpan comenzó a medir su tiempo de otra manera.
Esta efeméride no solo recuerda la instalación de un reloj y unas campanas: recuerda el momento en que la ciudad aprendió a escucharse y a organizarse a través del tiempo compartido.











