Las letras de PLAYA LINDA nadie las DEFENDIÓ
En política hay obras que se presumen en discursos, en fotografías y en inauguraciones. Pero hay una prueba mucho más simple para saber si realmente funcionaron: si la gente las hace suyas. Cuando eso no ocurre, el destino suele ser inevitable.
Eso es lo que ocurrió con las letras monumentales instaladas en el acceso a la playa de Tamiahua. Durante meses fueron presentadas como un símbolo turístico y como parte de un intento por posicionar el nombre de “Playa Linda”. Sin embargo, desde el inicio el proyecto estuvo rodeado de cuestionamientos.
Para muchos habitantes de la villa, el problema no era la estructura en sí, sino la idea de rebautizar un espacio que siempre tuvo nombre propio. Para generaciones de tamiahuenses ese lugar ha sido, simplemente, la playa de Tamiahua. Cambiarlo no era un proyecto turístico: era una decisión política.
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Con el tiempo, la obra nunca logró lo más importante: ser adoptada por la gente.
Las convocatorias oficiales rara vez lograban reunir a los ciudadanos. Los eventos organizados alrededor de la playa, según comentaban vecinos, terminaban dependiendo más de empleados del ayuntamiento que de la participación espontánea de la población. La distancia entre el discurso oficial y la realidad era cada vez más evidente. Luego vino el deterioro.
Las letras amanecieron dañadas desde el pasado mes de enero y el episodio terminó por convertirlas en un símbolo incómodo. El Concejo Municipal, que actualmente administra el municipio, procedió a documentar los hechos, presentar la denuncia correspondiente y finalmente tomar la decisión de retirar completamente la estructura.
El argumento oficial apunta a mejorar la movilidad y la seguridad en el acceso a la playa, especialmente durante temporadas altas como Semana Santa, cuando el tránsito vehicular suele generar congestionamientos en ese punto. Pero más allá de las razones técnicas, lo ocurrido deja una lectura más profunda.
Las letras no cayeron sólo por vandalismo. Cayeron porque nadie salió a defenderlas. Las obras públicas que nacen del consenso suelen convertirse en orgullo colectivo. Las que nacen de la vanidad política, en cambio, suelen terminar como escombros.
En mi opibión, hoy, mientras una retroexcavadora retira los restos de concreto y varilla frente al mar, queda una lección sencilla: los símbolos turísticos no se decretan desde el poder; se construyen con la gente. Y cuando la gente nunca los hace suyos, tarde o temprano terminan desapareciendo.


