¡Daniel Cortina pinta a Tuxpan de BLANCO!
Tuxpan lleva más de veinticinco años pintándose al ritmo de las urnas. Hubo una época amarilla, después el azul, luego vino el rojo, y recientemente el guinda. Cada cambio de administración traía algo más que nuevos funcionarios: traía brochas. Guarniciones, banquetas, barandales, juegos infantiles, bancas de parque, oficinas públicas. Todo se “armonizaba” con la identidad política del momento.
No era casualidad, era mensaje. El color comunica poder, y el poder, en México, siempre ha querido dejar marca visible. Fue muy notoria por ejemplo, la administración de Fidel Herrera con su color Rojo Intenso por todos lados, en todo el territorio veracruzano. ¿o se acuerdan cuando le pintaron vivos azules a la Tello cuando entró Miguel Ángel Yunes?
Durante décadas el municipio fue una especie de lienzo electoral rotativo. No importaba si el concreto estaba en buen estado: había que cubrirlo con el nuevo tono institucional como el de la ciclovía. El espacio público se convertía en extensión simbólica del partido ganador, y en ese entusiasmo cromático hubo excesos.
Pizzas Mama Mia
Algunas administraciones no se limitaron a guarniciones. Pintaron:
- Contenedores de basura, cuando la norma técnica establece colores específicos para separación de residuos.
- Ciclovías, cuyo color está reglamentado para seguridad vial.
- Señalización preventiva, que por ley debe mantener tonalidades oficiales.
- Barandales de protección y mobiliario urbano, que forman parte de lineamientos de imagen urbana.
Incluso elementos vinculados a seguridad o tránsito, donde el color no es decorativo, sino funcional. Ahí el problema deja de ser estético y se vuelve normativo, Porque una cosa es identidad institucional y otra cosa es alterar códigos de seguridad. En ese contexto aparece ahora una decisión distinta: PINTAR DE BLANCO.
La política de Daniel Cortina, al menos en lo visual, rompe con la tradición cromática partidista. El blanco no pertenece a ningún partido en particular. Es neutro. Es base. Es pausa. ¿Es estratégico? Sin duda. ¿Es simbólico? También.
El blanco comunica limpieza, orden, neutralidad administrativa. Envía el mensaje de que el espacio público no es propiedad ideológica de nadie, pero el blanco también significa otra cosa, significa borrar la marca partidista visible. Y eso, en un municipio acostumbrado a gobiernos de colores, es una declaración.
La pregunta interesante no es si el blanco es mejor que el azul, el rojo o el guinda. La pregunta es si finalmente estamos entrando en una etapa donde la ciudad deja de ser propaganda cromática. Una ciudad limpia no es una ciudad blanca, es una ciudad que respeta sus normas, su identidad y su coherencia visual. Si el blanco viene acompañado de orden urbano, respeto a lineamientos técnicos y una política cultural clara, será más que pintura.
En mi opinión, si solo es otro ciclo, solo que monocromático, el tiempo lo dirá. Después de veinticinco años de gobiernos a color, Tuxpan parece querer probar la neutralidad. Y eso, por sí mismo, ya es un cambio.
Contexto: una postura sostenida desde 2022
Cabe recordar que en 2022 este medio publicó la columna “El turismo debería ser apolítico”, donde se planteó que la imagen urbana de Tuxpan no debía responder a colores partidistas ni a ciclos electorales, sino a una identidad colectiva y permanente. En aquel momento se advirtió que pintar el municipio con los tonos de cada administración debilitaba la coherencia visual y convertía el espacio público en una extensión política.
La actual decisión de apostar por un color neutro —el blanco— abre la posibilidad de avanzar hacia esa visión: una ciudad cuya imagen no dependa del partido en turno, sino de una política urbana con continuidad y visión de largo plazo.
El TURÍSMO debería ser APOLÍTICO


