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La muerte de María del Carmen Pinete Vargas, diputada federal por el Partido Verde Ecologista de México, marca no solo el fin de una trayectoria política, sino también un recordatorio de lo que significa el servicio público en una época en que la política se ha vuelto un espectáculo de redes sociales y ocurrencias.

Pinete Vargas, veracruzana de cepa, nacida en Tantoyuca en 1960, murió este 1 de abril dejando tras de sí una carrera forjada en la escuela pública y en la política tradicional. Fue maestra antes que política, y quizá por eso entendía mejor que muchos el valor de la educación como herramienta de movilidad social. Militó en el PRI cuando todavía era el partido dominante, y se mantuvo en la vida pública sin escándalos ni aspavientos, hasta recalar en las filas del Verde, un partido que suele alquilar sus siglas a conveniencia, pero que en ella encontró una representante genuina.

Dr. Miguel Alcántar Rodríguez

Fue alcaldesa de su natal Tantoyuca de 1995 a 1997, y tres veces diputada federal. Pero no fueron sus cargos los que le granjearon el respeto, sino su estilo: firme, sobrio, sin afán de reflectores. En los pasillos de San Lázaro se le reconocía por su disciplina y conocimiento de los temas rurales y educativos. No era de las que buscan trending topic; prefería los acuerdos silenciosos y el trabajo en comisiones.

Su fallecimiento ocurre en un momento en que el Congreso parece más preocupado por la guerra sucia entre partidos que por los problemas estructurales del país. En este contexto, la figura de Pinete —con todos sus matices— se vuelve relevante por contraste. Era de esas políticas que creían que legislar no era un acto de fe, sino de responsabilidad.

En mi opinión, las condolencias llegaron rápidas y previsibles, como dicta el protocolo. Pero más allá de los mensajes institucionales, lo que debería preocuparnos es si hay alguien dispuesto a retomar su legado sin convertirlo en plataforma electoral. Porque el problema no es la muerte de una diputada, sino la escasez de políticos que, como ella, todavía creían en la política como un oficio serio.

Descanse en paz, María del Carmen Pinete. Ojalá su ejemplo pese más que su ausencia.

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