En la CANACO de Tuxpan se está normalizando lo que en cualquier institución decente sería escándalo: querer gobernar por encima de los estatutos, administrar recursos sin contrapesos y usar el patrimonio colectivo como si fuera extensión de un proyecto personal.

Porque eso es lo que está en juego: la Cámara no es un negocio privado, no es un feudo y no es una azotea disponible para montar emprendimientos familiares con cargo a la credibilidad de todos.

La historia reciente pinta un retrato incómodo: una Cámara que debería estar defendiendo al comercio formal —rentas, ambulantaje, servicios, competitividad— terminó convertida en escenario de un proyecto que, simbólicamente, lo dice todo: un rooftop bar montado sobre el edificio de los socios.

No es que un bar sea ilegal. Es que es incongruente: si el argumento era “generar ingresos para sostener a la institución”, el resultado apunta a lo contrario: un espacio que, según se plantea, podría operar sin pagar renta por una década.

¿Entonces cuál negocio es ese?
El que gana no es la CANACO.
El que gana es quien se queda con el espacio.

Y cuando el tiempo se acaba, aparece la tentación: estirar el mandato.

Aquí no hay que marearse con discursos. Los Estatutos existen para impedir esto: que alguien se aferre a la silla. Si el periodo terminó, terminó. La Asamblea manda. No manda el presidente. No manda la costumbre. No manda el “déjenme cerrar”.

La ruta de “me quedo hasta marzo” no suena a continuidad institucional: suena a control del dinero, porque todos saben dónde está la caja fuerte: en los cobros del arranque del año.

En un escenario así, el socio queda como espectador de una obra que no pidió:

  • paga cuotas,

  • paga SIEM,

  • ve cómo se usan los espacios,

  • y encima tiene que preguntar “¿me toca opinar?”

Una Cámara que funciona no trata a sus afiliados como clientes cautivos. Los trata como dueños. Porque lo son.

Si se permite una extensión irregular, lo que sigue es predecible:

  • acuerdos sin legitimidad,

  • decisiones tomadas “por mientras”,

  • administración de recursos sin renovación formal,

  • y una institución cada vez más debilitada.

Y luego vendrá el discurso clásico: “no hay problema”.
Siempre dicen eso… hasta que el problema ya se comió el edificio.

En mi opinión, los socios deberían implementar lo mínimo indispensable: Asamblea ya. Esto no se arregla con comunicados ni con fotos. Se arregla con lo único que da legalidad: Asamblea Ordinaria ya. Con orden del día, con cuentas, con decisiones, con renovación. Y con una regla básica: nadie está por encima de los estatutos.

Porque si la CANACO acepta convertirse en “castillo feudal”, entonces el comercio organizado no tendrá Cámara… tendrá patrón.

 

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