El 30 de octubre de 1971, el Diario Oficial de la Federación publicó un decreto relacionado con uno de los proyectos ferroviarios más ambiciosos —y finalmente inconclusos— de Tuxpan: la vía que debía comunicar al puerto con La Guadalupe y, posteriormente, enlazarlo con el centro del país.

La disposición no anunciaba nuevas locomotoras, estaciones ni prolongaciones de la vía. Por el contrario, mostraba que aquella aspiración ferroviaria había entrado en su etapa final. El Gobierno federal incorporó al capital social de Ferrocarriles Unidos del Sureste, S. A. de C. V., los rieles de desecho del tramo Tuxpan–La Guadalupe que ya estaban siendo utilizados como postes para las líneas telegráficas.
Era una operación administrativa, pero detrás de sus palabras se encontraba el final de un viejo sueño tuxpeño.
El ferrocarril que pretendía llegar a la Ciudad de México
Desde el siglo XIX existieron proyectos para comunicar Tuxpan por ferrocarril con el interior del país. La posición del puerto, frente al Golfo de México y relativamente cerca del altiplano, alimentaba la posibilidad de construir una ruta más corta hacia la capital.
Durante el gobierno del presidente Miguel Alemán Valdés, el proyecto volvió a tomar fuerza. Los informes federales de la época mencionan trabajos en el llamado Ferrocarril México–Tuxpan, la instalación de líneas telefónicas, talleres en Tuxpan, casas de sección en La Guadalupe y estudios para continuar la ruta hacia Honey, Puebla.
Sin embargo, la conexión completa nunca llegó a construirse.
El tramo que sí funcionó comunicó Tuxpan con la zona de La Guadalupe, en el entonces municipio de Temapache. La vía fue aprovechada principalmente para transportar piedra destinada a las escolleras y otras obras marítimas del puerto.
La antigua Secretaría de Comunicaciones y Transportes documentó que el Gobierno federal invirtió recursos en rehabilitar el ferrocarril para movilizar el material extraído de las canteras. Aquellas rocas fueron utilizadas para proteger el canal de acceso y mantener operativa la entrada marítima de Tuxpan, dentro del programa nacional conocido como Marcha al Mar.
De esta manera, aunque la línea no cumplió su propósito original de conectar a Tuxpan con la Ciudad de México, sí desempeñó una función importante en las obras de modernización portuaria.
Del transporte de piedra a la postería telegráfica
Con el paso de los años, el proyecto ferroviario perdió impulso. Las carreteras comenzaron a imponerse como principal medio de comunicación terrestre y la prolongación de la vía hacia Puebla quedó abandonada.
Parte de los rieles terminó reutilizada como postes para sostener las líneas telegráficas del propio tramo Tuxpan–La Guadalupe. La infraestructura ferroviaria que alguna vez había representado la modernidad encontró así un uso muy distinto al que originalmente se había proyectado.
El antecedente inmediato del decreto de 1971 se encuentra en otra disposición publicada el 16 de diciembre de 1969. En ella, el Gobierno federal retiró del dominio público los rieles y sus accesorios y autorizó que fueran entregados a Ferrocarriles Unidos del Sureste.
Dos años después, el decreto publicado el 30 de octubre de 1971 completó la operación: aquellos materiales fueron incorporados al capital social de la empresa ferroviaria.
No se estaba clausurando oficialmente el ferrocarril ese día, porque el deterioro y abandono habían ocurrido gradualmente. Tampoco se ordenaba levantar toda la vía. Se formalizaba jurídicamente el destino de unos rieles que ya eran considerados material de desecho y habían dejado de cumplir su función original.
El final administrativo de un gran proyecto
El decreto puede parecer un trámite menor, pero representa una imagen poderosa de la historia de Tuxpan: los rieles que debían conducir trenes hasta el centro del país terminaron convertidos en postes telegráficos.
La vía Tuxpan–La Guadalupe quedó como testimonio de una época en la que el puerto aspiraba a integrarse a la red ferroviaria nacional. Sirvió para transportar piedra, maquinaria y materiales utilizados en las escolleras, pero nunca alcanzó el destino para el que había sido planeada.
El 30 de octubre de 1971, el Gobierno federal no inauguró ni cerró formalmente aquel ferrocarril. Simplemente puso en orden el destino patrimonial de sus viejos rieles. Sin embargo, ese acto administrativo confirmó que el proyecto ferroviario de Tuxpan había quedado atrás y que una de las grandes promesas de comunicación del siglo XX se había convertido, literalmente, en material de desecho.









