En Tuxpan, como probablemente sucedía en buena parte del país, primero se hacían las cosas y después se buscaba el papel que las autorizara. Y, por lo visto, esa costumbre administrativa no nació ayer.

El 28 de septiembre de 1886 se expidió el Decreto número 49, mediante el cual se autorizó al Ayuntamiento de Tuxpan a imponer una contribución extraordinaria a los habitantes del municipio. El dinero recaudado debía destinarse a la creación de un nuevo cementerio.
El decreto señalaba:
“Se autoriza al H. Ayuntamiento de Tuxpan, para imponer a los vecinos del municipio una contribución extraordinaria cuya cuota mínima será de cincuenta centavos y la máxima de tres pesos, destinados sus productos a la creación de un nuevo cementerio, en el concepto de que se cobrarán por cuotas mensuales”.
En pocas palabras: los tuxpeños tendrían que cooperar. Dependiendo de sus posibilidades, pagarían entre cincuenta centavos y tres pesos, en abonos mensuales, para financiar el nuevo camposanto.
Pero aquí aparece un detalle interesante.
En el Plano de la Villa de Tuspan publicado por Eduardo Fages en 1855 —31 años antes del decreto— ya se distinguían dos lugares: uno marcado como “cementerio antiguo” y otro como “ídem nuevo”.
Esto indica que el Ayuntamiento no estaba comenzando desde cero en 1886. El cementerio ya existía o, por lo menos, el terreno destinado para ese propósito estaba reconocido desde varias décadas atrás.
Entonces, ¿para qué se pidió la autorización?
Todo apunta a que el decreto sirvió para regularizar la situación, recaudar recursos para ampliar el camposanto, levantar bardas, abrir caminos, realizar obras o acondicionar formalmente el lugar que con el paso de los años sería conocido como el Panteón Galeana.
No sería raro. Antes —y hay quienes aseguran que también ahora— las necesidades de la población avanzaban más rápido que los trámites oficiales. Primero se ocupaba el terreno, después se buscaba el dinero y finalmente llegaba el decreto que intentaba poner orden donde la realidad ya había tomado la delantera.
El documento tampoco demuestra que el Panteón Galeana fuera inaugurado exactamente aquel 28 de septiembre. Lo que confirma es que ese día el Gobierno estatal permitió al Ayuntamiento cobrar una contribución extraordinaria destinada a financiar un “nuevo cementerio”.
El viejo Panteón Galeana conserva tumbas anteriores a 1886. Es un espacio donde descansan familias fundadoras, personajes de la vida política, social y educativa de Tuxpan, además de historias que con el tiempo se convirtieron en parte de la memoria popular.
Por eso, más que el nacimiento de un cementerio desde cero, aquel decreto representa un momento de su organización administrativa: el día en que las autoridades decidieron pasar la charola entre los vecinos para pagar una necesidad que Tuxpan ya tenía desde mucho tiempo atrás.
Así se construían antes muchas obras públicas: con cooperaciones, contribuciones extraordinarias y la participación obligada —o voluntariamente a fuerzas— de los habitantes.
Y mientras uno revisa aquel decreto de 1886, resulta inevitable preguntarse si realmente hemos cambiado tanto.
Porque han pasado 140 años, pero eso de hacer primero las cosas, improvisar durante el camino y pedir después la autorización sigue pareciendo una tradición bastante conocida.









