En plena época del auge petrolero, cuando la región de Tuxpan concentraba algunas de las explotaciones más importantes del país, el Gobierno federal autorizó uno de los proyectos energéticos más ambiciosos de aquellos años: construir un oleoducto entre los campos petroleros tuxpeños y la Ciudad de México.

La concesión fue otorgada el 27 de agosto de 1920 al general Salvador Alvarado Rubio, militar revolucionario, exgobernador de Yucatán y, en ese momento, secretario de Hacienda del presidente interino Adolfo de la Huerta.

El proyecto contemplaba tender una tubería de uso particular desde la región petrolera de Tuxpan hasta la capital del país. Además, permitía establecer una refinería en las inmediaciones de la Ciudad de México, con la intención de procesar ahí el crudo transportado desde el norte de Veracruz.

Para su tiempo, la obra resultaba monumental.

El ducto tendría que atravesar buena parte del territorio nacional y superar las dificultades geográficas de la Sierra Madre Oriental. Sin embargo, su construcción habría permitido transportar directamente el petróleo tuxpeño hacia el principal centro de consumo del país, reduciendo la dependencia de otros medios de traslado.

Tuxpan, corazón petrolero de México

Durante las primeras décadas del siglo XX, Tuxpan no solamente era un puerto comercial. La ciudad y las comunidades de su región se encontraban rodeadas por campamentos, estaciones de bombeo, embarcaderos, tanques de almacenamiento y campos petroleros.

Empresas nacionales y extranjeras explotaban los yacimientos de la llamada Faja de Oro. Millones de barriles salían por los ríos, las terminales y los muelles rumbo a distintos mercados, principalmente al extranjero.

En ese contexto, llevar el petróleo de Tuxpan hasta la Ciudad de México representaba un paso importante para fortalecer el consumo interno y desarrollar una industria nacional de refinación.

La concesión entregada a Salvador Alvarado recibió críticas porque fue otorgada mientras él formaba parte del Gobierno federal. Algunos sectores consideraron que existía un posible conflicto de intereses. El general respondió que detrás de la oposición al proyecto se encontraban intereses económicos contrarios al desarrollo del país.

Un proyecto que nunca se construyó

Aunque la concesión fue firmada el 27 de agosto, el documento se publicó hasta el 8 de diciembre de 1920 en el Diario Oficial de la Federación.

Su título fue claro: “Concesión otorgada al C. General Salvador Alvarado, para la construcción de un oleoducto entre la región petrolífera de Tuxpan y la ciudad de México, y el establecimiento de una refinería en las inmediaciones de dicha ciudad”.

Sin embargo, la tubería nunca fue construida.

Los cambios políticos ocurridos después de la llegada de Álvaro Obregón a la Presidencia terminaron por frenar el proyecto. Salvador Alvarado se enemistó con el nuevo mandatario, abandonó el país y, años después, regresó para sumarse a la rebelión encabezada por Adolfo de la Huerta.

Alvarado murió en 1924, en medio de aquel conflicto armado. Con él también desapareció la posibilidad de concretar el oleoducto autorizado cuatro años antes.

La idea, no obstante, no era descabellada. Años después, otros proyectos retomaron el propósito de transportar hidrocarburos desde el norte de Veracruz hacia el centro del país.

Por eso, la concesión del 27 de agosto de 1920 ocupa un lugar especial en la historia petrolera de Tuxpan. Fue uno de los primeros intentos formales por unir directamente la riqueza energética de esta región con la Ciudad de México.

El oleoducto de Salvador Alvarado quedó solamente en los documentos oficiales, pero demuestra que, desde hace más de un siglo, Tuxpan ya era considerado una pieza estratégica para el abastecimiento energético nacional.

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