
No todas las películas se ven. Algunas se sienten. Y otras, como Los ojos del mar, duelen. El 26 de marzo de 2018, Tuxpan no solo fue sede de una premier cinematográfica. Fue el escenario donde una comunidad entera se enfrentó, en pantalla grande, a una de sus tragedias más profundas: la desaparición del barco pesquero Blackfin en 2011.
Detrás de nuestras cámaras estaba el director José Álvarez, quien no llegó a Tuxpan buscando una historia específica… pero la encontró apenas puso un pie en el muelle.
“Nos encontramos a un grupo inmenso de pescadores… y en medio de todos había una mujer. Empezamos a hablar con ella… y nos contó de la pérdida de estos pescadores”, relató el director.
Esa mujer era Hortencia Rocha. Tuxpeña. Parte de esa comunidad que no solo vive del mar… sino que también ha aprendido a perder en él.

Una historia de culpa, mar y redención
La película no sigue una estructura convencional. No es solo documental. No es solo ficción. Es una mezcla de ambas… pero, sobre todo, es una búsqueda espiritual. Álvarez lo explica con claridad: la historia se construye sobre tres ejes:
- La vida de los pescadores
- La tragedia del Blackfin
- Y la historia personal de Hortencia
Pero hay algo más profundo: una emoción que atraviesa toda la película.
“Nos dimos cuenta que ella tenía una especie de culpa… una pena que tenía que ver con ese naufragio”, explicó.
A partir de ahí, Los ojos del mar se convierte en un viaje: Hortencia recorre a las familias de los desaparecidos, recoge recuerdos, cartas, objetos… y prepara una ofrenda que será llevada al mar, al último punto donde se tuvo registro del barco. No es solo un acto simbólico. Es un intento de sanar.
La escena que sacudió a Tuxpan
Pero si hubo un momento que marcó a la audiencia tuxpeña, fue uno en particular. Antes de emprender su travesía, Hortencia realiza un ritual de purificación. Se baña. Se limpia. Se prepara espiritualmente para el encuentro con el mar, con los muertos, con la memoria. Una escena íntima. Cruda. Sin concesiones. Para el director, tenía un sentido claro:
“Se atreve a mostrarnos la manera como va a prepararse para esta ceremonia… para buscar redención propia”, explicó Álvarez.
Pero Tuxpan no es cualquier ciudad. Tuxpan es comunidad. Es cercanía. Es mirada constante. Y esa escena —interpretada por una mujer del propio puerto, criada entre pescadores y familias golpeadas por la tragedia— no pasó desapercibida.
Generó conversación. División. Juicio. Incluso, según versiones locales, tuvo consecuencias personales profundas para la propia protagonista.
Entre la fe y el mar
La película también retrata algo muy nuestro: la mezcla de creencias. En la historia conviven:
- Un chamán (granicero) que interviene para “calmar” el mar
- Una misa católica
- Rituales espirituales diversos
Todo con un mismo propósito: darle sentido a la pérdida.
“Ella quería darle un toque sagrado… una ofrenda que tuviera ese sentido espiritual para las familias”, explicó el director.
Más que una película, un espejo
Los ojos del mar no es una producción ajena. No observa a Tuxpan desde fuera. Lo habita. Porque habla de la pesca… de la soledad en altamar… de hombres que pasan hasta noventa días sin tocar tierra… de familias que esperan… y a veces, ya no reciben de vuelta.
“La relación del pescador con el mar… su soledad… lo que pasa por su mente… es algo profundamente interesante”, dijo Álvarez.
Pero también es algo profundamente doloroso.
Una herida que sigue abierta
La premier de aquel 26 de marzo no cerró nada. Al contrario. Abrió conversaciones que en Tuxpan muchas veces se evitan:
la culpa, la pérdida, la fe, el juicio social… y esa relación eterna con el mar que da vida… pero también la quita.
Porque al final, Los ojos del mar no trata solo del Blackfin.
Trata de lo que queda después. Y en Tuxpan, eso… todavía se siente.






















