La mañana de aquel Navidad de 1925, cuando Tuxpan despertaba entre campanas y el aroma del café recién colado, Santiago de la Peña vivía una escena insólita: el cielo no solo era paisaje, sino espectáculo. Una aeronave ofrecía vuelos de paseo, un lujo de la modernidad que despertaba curiosidad en una población que apenas empezaba a mirar hacia arriba con otros ojos que no fueran los del clima o la fe.

Pero la promesa de aventura se quebró en segundos. La nave perdió estabilidad y vino a tierra de forma abrupta, marcando el episodio más dramático de la historia aérea del puerto. Los relatos consignan el fallecimiento de Tito Pérez Morales, operador o responsable del vuelo, así como de un pasajero español, cuyo apellido aparece con variaciones en las crónicas publicadas de la época: Cano, Conde o incluso Cano/Conde, según la fuente que lo preserve. Las discrepancias del registro no diluyen lo esencial: el lugar, la fecha y la naturaleza recreativa del vuelo coinciden plenamente en las recopilaciones históricas disponibles.

El suceso conmocionó a la comunidad. No era un accidente de guerra ni una proeza de progreso; era el recordatorio brutal de que la tecnología, cuando desafía a la gravedad, también desafía a la fragilidad humana. A partir de ese día, las historias de Santiago de la Peña incorporaron un nuevo murmullo: el de un motor que se apagó demasiado pronto y un cielo que guardó silencio.

La efeméride, a cien años de distancia, no solo es dato, sino memoria: el primer sobresalto del vuelo tuxpeño, el que convirtió un día de fiesta en duelo y, sin buscarlo, en historia.


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