
La historia de Tuxpan no solo se escribe en sus muelles, sus ríos o sus plazas; también se narra desde sus cocinas. Y fue precisamente un 24 de diciembre de 1972, cuando el puerto celebraba la víspera de Navidad, que dos tuxpeños decidieron regalarle a la ciudad un nuevo espacio para reunirse alrededor del sabor: el restaurante Nuevo 303, fundado por Ana Juárez y Esteban Salas.
Una visión sororal y un timón firme
Ana Juárez, con su carácter cercano y sensibilidad culinaria, y Esteban Salas, hombre de iniciativa y temple, imaginaron un sitio donde la comida fuera hogar, abrazo y conversación. El nombre “303” pronto dejó de ser un número para convertirse en un punto cardinal: el lugar al que se vuelve cuando se quiere celebrar, sanar nostalgias o simplemente comer bien.
Fundado en Nochebuena, adoptado por generaciones
Abrir sus puertas en una fecha tan simbólica no fue un detalle menor. La inauguración en Nochebuena marcó la intención de ser parte de la tradición familiar tuxpeña, y así ocurrió. Desde su primera década, Nuevo 303 se volvió costumbre navideña: el sitio donde se comparte caldo caliente si hace frío, cóctel de camarón si la noche viene templada, o café largo cuando la charla no tiene hora de cierre.
La gastronomía como memoria colectiva
Con el tiempo, el restaurante consolidó un estilo propio: cocina del mar con respeto al producto, platillos clásicos veracruzanos con guiños caseros, y una hospitalidad que solo se entiende desde la cultura de puerto. Nuevo 303 es un archivo vivo del gusto local, un restaurante que no solo sirve platos, sino también contexto: la sobremesa donde se discuten noticias del pueblo, la mesa larga donde se reconcilian familias, o el café de madrugada donde se cierra la edición mental de un periodista antes de publicar.
Cincuenta y tres años después
A más de cinco décadas, Nuevo 303 sigue ahí, fundado en Nochebuena, pero renovado cada día por quienes lo visitan. Su historia es también la de Tuxpan: resistencia, identidad, mar, río y comunidad. Porque en este puerto, las efemérides no siempre tienen héroes con espada; a veces tienen delantal, sonrisa y visión. Y esos fueron Ana y Esteban, que aquel 24 de diciembre de 1972, sin saberlo, estaban fundando un ícono.












