El veinticuatro de diciembre de mil novecientos cincuenta y tres, mientras la Ciudad de México se alistaba para la cena de Nochebuena, el Cine Alameda encendió su marquesina para un estreno que terminaría inscrito en la memoria del cine mexicano: El niño y la niebla, dirigida por Roberto Gavaldón y protagonizada por el siempre imponente Arturo de Córdova.

La película —adaptación del relato homónimo de Rodolfo Usigli— se internó en los claroscuros de la mente humana, la locura, la culpa y la redención. Pero más allá de su densidad dramática, para Tuxpan hubo un motivo adicional de orgullo: parte de sus secuencias fueron rodadas en este puerto veracruzano, cuyas locaciones compartieron protagonismo con las zonas petroleras de Poza Rica, creando un paisaje narrativo crudo, industrial y profundamente simbólico para la historia que se contaba.

Tuxpan, con su atmósfera salobre, sus contrastes urbanos y su cercanía al auge petrolero de mediados del siglo XX, ofreció al lente de Gavaldón algo que no se podía recrear en estudio: una verdad visual. Calles, patios, horizontes fluviales y estructuras que, sin robarse el diálogo, sí aportaron carácter al silencio fílmico, a la niebla emocional que envuelve al protagonista y a la metáfora del encierro mental.

El estreno en esa Nochebuena no fue casual. El cine de Gavaldón acostumbraba confrontar al público, sacudirlo, obligarlo a pensar. Y el 24 de diciembre, fecha asociada a la calma familiar, fue también —con esta cinta— un recordatorio de que la introspección, incluso la más dolorosa, es parte del espíritu humano.

Para los tuxpeños, El niño y la niebla es también un espejo temporal: nos permite ver el Tuxpan de los cincuentas, un puerto que, como la niebla, siempre ha estado ahí, envolviendo historias que apenas esperan ser reveladas por la luz adecuada.

Hoy, a más de siete décadas, esta efeméride recuerda que incluso las sombras del cine pueden iluminar una ciudad. Y que, si hubo una pantalla que brilló para Tuxpan en un 24 de diciembre, fue aquella donde la niebla también tenía acento huasteco y aroma a río.


Facebook Comments Box