
El Infierno en el Mercado – Con información del Cronista de la ciudad Dr. Obed Zamora Sánchez QEPD, quien realizo entrevistas con personajes que vivieron el hecho histórico.
En la helada madrugada del 26 de enero de 1946, el silencio gélido de Tuxpan fue destrozado por un resplandor rojizo que iluminó el cielo como si el amanecer se hubiera adelantado de forma siniestra. Los veladores del Mercado Municipal, agotados en su tercera ronda de vigilancia, fueron los primeros en enfrentarse al horror: del centro de la maraña de tendajones, barracas y puestos, una chispa se había convertido en un monstruo devorador.
Era como si el mercado, testigo de risas, regateos y vidas enteras, estuviera ahora gritando en su propio lenguaje de llamas y humo. El sacristán Julio, despertado de un sueño profundo por los gritos desesperados de los veladores, corrió tambaleante hacia la parroquia. Tocó con fuerza en la puerta del Padre Caliche, quien al abrir, vio el terror en los ojos del hombre. Sin preguntar, ambos corrieron al campanario y comenzaron a repicar las campanas con todas sus fuerzas, el estruendo convocando a un pueblo entero a enfrentarse al desastre.
A las doce y media, una multitud se arremolinó en torno al mercado, sus rostros teñidos de rojo por el reflejo de las llamas. La desesperación era palpable. Hombres, mujeres y niños formaron cadenas humanas que iban y venían desde el río, llenando cubetas y lanzándolas inútilmente contra el fuego, como hormigas enfrentándose a un gigante.
Pero el incendio no solo consumía madera y lonas; también desataba la oscuridad en el alma de algunos. Don Agustín Escudero, un hombre curtido por la vida, trataba de salvar las pacas de henequén que tanto esfuerzo le habían costado. «¡Llévenlas al río!», gritaba a sus hijos. Sin embargo, en cuanto se daba la vuelta, esas mismas pacas desaparecían, robadas por sombras que corrían hacia los esquifes en las orillas. Desde el río, los botes de remos que usualmente transportaban pasajeros ahora estaban repletos de mercancías saqueadas, sucios símbolos de la ambivalencia humana.
El aire era denso, impregnado de humo y de un calor insoportable. El chisporroteo de las llamas se mezclaba con el estruendo de los techos desplomándose, como si el mercado estuviera implosionando en un espectáculo aterrador. Y entonces, llegó el verdadero terror.
Una explosión desgarradora sacudió la tierra, lanzando trozos de madera y metal al aire como si fueran proyectiles. Un almacén que contenía pólvora y cohetería había sido alcanzado por el fuego, desatando una lluvia de bolas de fuego que cruzaban el cielo como estrellas fugaces infernales. Los gritos de la multitud se convirtieron en alaridos. Algunos huyeron, otros cayeron al suelo, rezando, y los más valientes continuaron arrojando agua, su resistencia tan frágil como inútil.
El Padre Caliche, en medio del caos, levantó una cruz de madera hacia el cielo en llamas. «¡Dios, danos fuerza para salvar este lugar y a nuestra gente!», clamó con voz ronca, su sotana tiznada de ceniza. Pero el infierno parecía sordo a las súplicas.
Cuando el fuego finalmente se apagó, el amanecer reveló un panorama desolador. Don Agustín se arrodilló frente a lo que alguna vez fue su negocio, sus manos ennegrecidas temblando. A lo lejos, los esquifes seguían su curso, cargados de botines que nadie reclamaría.
El mercado era ahora un cementerio de sueños carbonizados, un recordatorio de cómo el fuego puede revelar tanto la solidaridad como la codicia. Los pocos que permanecían en pie entre los escombros entendían que esa madrugada el pueblo había perdido más que un mercado; había perdido una parte de su alma.




