
El dieciocho de enero de mil novecientos uno quedó registrado como una fecha significativa en la historia religiosa y urbana de Tuxpan. Ese día se iniciaron formalmente los trabajos de construcción de la torre de la Iglesia, una obra que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los referentes visuales y simbólicos del antiguo puerto.
El arranque de la obra fue posible gracias a un donativo de cien pesos, una suma considerable para la época, otorgado por Joaquín Arcadio Pagaza durante una visita pastoral a esta población. El gesto no solo tuvo un valor económico, sino también espiritual y simbólico, pues representó el respaldo directo de la jerarquía eclesiástica al crecimiento y consolidación de la comunidad tuxpeña.
Aunque la construcción de la torre comenzó en 1901, su origen se remonta varias décadas atrás. La obra había sido ordenada originalmente el ocho de enero de mil ochocientos sesenta y seis por el primer Obispo de Veracruz, Francisco de Paula Suárez Paredes, quien concibió la torre como parte esencial del conjunto arquitectónico del templo. Sin embargo, diversas circunstancias —económicas, sociales y políticas— retrasaron su ejecución durante más de treinta años.
El inicio de la construcción de la torre no fue un hecho menor. En una época en la que Tuxpan comenzaba a consolidarse como punto estratégico del norte veracruzano, levantar la torre significaba afirmar la presencia de la Iglesia en la vida cotidiana, pero también dotar al poblado de un elemento que ordenara el paisaje urbano y sirviera como punto de referencia para navegantes, comerciantes y habitantes.
Desde entonces, la torre de la iglesia ha sido testigo silencioso de la transformación de Tuxpan: del puerto decimonónico al municipio moderno. Su historia, iniciada formalmente aquel dieciocho de enero de 1901, recuerda cómo la fe, la voluntad comunitaria y el apoyo de figuras clave confluyeron para dejar una huella permanente en la identidad de la ciudad.



