Cuando Roma, la película de Alfonso Cuarón, irrumpió en el panorama cinematográfico mundial, no solo marcó un antes y un después para Netflix como plataforma productora de cine de autor, sino que también colocó a México en el centro de la conversación global.

La cinta fue seleccionada para representar a México en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa en la 91ª edición de los Premios Óscar, y no fue un gesto simbólico: la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood la nominó a diez categorías, entre ellas Mejor Película, Mejor Director, Mejor Película Extranjera, Mejor Fotografía, Mejor Guion Original, Mejor Diseño de Producción, Mejor Sonido, así como Mejor Actriz y Mejor Actriz de Reparto. Un hecho histórico para el cine mexicano.

Pero más allá de premios y reflectores, Roma tocó fibras profundas por su narrativa íntima. Y en ese relato hay un momento clave que nos concierne directamente: la escena de la playa, donde dos niños están a punto de morir ahogados y Cleo, la trabajadora doméstica —que en realidad es parte esencial de la familia—, entra al mar para salvarlos. Una secuencia poderosa, emocional, y fundamental para entender el corazón de la película.

Esa playa, en la historia, es Tuxpan.

Y como era de esperarse, en la ciudad no faltaron los comentarios: que si “esa no es la playa”, que si “Tuxpan no se ve así”, que si “eso no se grabó aquí”. Observaciones hechas, en muchos casos, con una literalidad que raya en lo ingenuo.

Porque conviene recordarlo: el cine no es un acta notarial. Es representación, es lenguaje, es construcción visual. Las locaciones no siempre coinciden físicamente con los lugares que evocan, ni tienen por qué hacerlo. Nadie se indignó porque Interstellar no se filmó en Marte, ni porque Titanic no se grabó en dos mil doce con un iceberg auténtico del Atlántico Norte.

La cinematografía no reproduce la realidad: la interpreta.

Lo importante no es si la arena coincide al cien por ciento con nuestras playas, sino que Tuxpan está ahí como símbolo, como memoria, como escenario emocional de una historia que dio la vuelta al mundo. Que millones de personas escucharon ese nombre, lo asociaron con un momento de humanidad, de riesgo, de amor y de redención.

Eso —en términos culturales— vale mucho más que cualquier toma aérea perfectamente reconocible.

Roma no necesitó copiar a Tuxpan; lo evocó. Y en el cine, eso suele ser mucho más poderoso.

EFEMÉRIDES DE LA SEMANA DEL 05/01 AL 11/01

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