
El 14 de agosto de 1914, un rayo cayó sobre el pozo petrolero Potrero del Llano número 4 y encendió el gas que escapaba por las numerosas grietas abiertas alrededor de la perforación. En cuestión de minutos, el fuego se extendió sobre una amplia superficie y dio origen a uno de los incendios petroleros más impresionantes registrados en la Huasteca veracruzana.
Potrero del Llano número 4 había comenzado a producir el 27 de diciembre de 1910, en terrenos pertenecientes al municipio de Temapache, actualmente Álamo Temapache. El pozo era operado por la compañía petrolera El Águila y fue considerado uno de los mayores productores de petróleo de su época.
Cuando brotó por primera vez, su producción fue calculada en alrededor de 100 mil barriles diarios. La presión era tan poderosa que el petróleo salió disparado a cientos de metros de altura, destruyó parte de la estructura de perforación y cubrió de crudo la vegetación de los alrededores.
Aunque posteriormente fue controlado mediante válvulas y otras estructuras, el pozo nunca quedó completamente sellado. Con el paso del tiempo aparecieron decenas de grietas en el terreno por las que escapaban petróleo y gases inflamables.
Para 1914 se habían identificado aproximadamente 130 fisuras alrededor de la perforación. Algunas filtraciones expulsaban diariamente miles de barriles de crudo que eran conducidos hacia presas de tierra construidas para evitar que llegaran a los ríos.
La mañana del 14 de agosto, una tormenta eléctrica cambió todo. Un rayo encendió el gas acumulado y el fuego se propagó rápidamente sobre una superficie calculada en cerca de 40 acres, equivalentes a más de 16 hectáreas.
Las llamas rodearon el pozo, alcanzaron depósitos de petróleo y amenazaron las instalaciones de la compañía. Miles de trabajadores fueron movilizados para abrir zanjas, levantar bordos de tierra y tratar de contener el avance del incendio.
Las condiciones eran terribles. Los hombres trabajaban bajo temperaturas extremas, rodeados de gases tóxicos y petróleo hirviendo. La intensidad del calor obligaba a los trabajadores a acercarse durante pocos minutos antes de retirarse para poder respirar.
De acuerdo con investigaciones históricas, varios trabajadores sufrieron graves quemaduras y al menos once perdieron la vida durante las labores para combatir el incendio. Cientos abandonaron el lugar ante el peligro de nuevas explosiones.
El fuego permaneció activo durante aproximadamente seis meses y no pudo ser extinguido completamente sino hasta marzo de 1915. Durante ese tiempo se perdieron enormes cantidades de petróleo y una parte del crudo escapó hacia el río Buenavista.
Desde ahí, la contaminación avanzó hasta alcanzar el río Tuxpan. Por esa razón, aunque el incendio ocurrió en territorio de Temapache, el desastre quedó relacionado con la historia ambiental y petrolera de toda la cuenca de Tuxpan.
En aquellos años, los campos petroleros de Potrero del Llano, Cerro Azul, Álamo y otros puntos de la Huasteca formaban parte de la llamada región petrolera Tampico–Tuxpan. El crudo era transportado por tuberías, embarcaciones y otras instalaciones hasta los centros de almacenamiento y embarque establecidos en la zona.
Potrero del Llano número 4 terminó convirtiéndose en una leyenda de la industria petrolera. A lo largo de su vida productiva extrajo cerca de 100 millones de barriles, una cifra extraordinaria para comienzos del siglo XX.
Sin embargo, su historia también mostró el costo humano y ambiental de aquella explotación acelerada. El incendio iniciado el 14 de agosto de 1914 dejó trabajadores muertos, terrenos arrasados y petróleo derramado sobre los ríos de la región.
Más de un siglo después, aquella columna de fuego continúa siendo un recordatorio de los primeros años de la fiebre petrolera en el norte de Veracruz, cuando la riqueza brotaba de la tierra con una fuerza tan grande que, en ocasiones, ni las compañías que la explotaban podían controlarla.























