Historia de la Escuela Secundaria General Emiliano Zapata

por | Ene 10, 2026 | Historia

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1️⃣ La misión imposible

Fundar una secundaria desde cero (1966–1967)

En el Tuxpan de mediados de los años sesenta, continuar la secundaria no era un derecho garantizado, sino una posibilidad escasa. La ciudad contaba con opciones limitadas y una demanda creciente que dejaba fuera, año con año, a decenas de jóvenes. En ese contexto, fundar una nueva secundaria federal no era solo una decisión administrativa: era una urgencia social.

A finales de 1966, cuando el país vivía el tramo final del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, la Secretaría de Educación Pública autorizó la creación de una secundaria federal en Tuxpan. La encomienda recayó en tres maestros que llegaron con poco más que su vocación y una orden oficial bajo el brazo:

  • Prof. Teófilo Vázquez Morales, director fundador
  • Mtra. Esperanza Martínez Carbajal
  • Prof. Agustín Abarca Manzanares

La tarea era, literalmente, empezar de la nada.

El Nuevo Pekin

Sin edificio, sin mobiliario… y contra el tiempo

No había plantel, ni salones, ni pupitres. Tampoco existía una plantilla docente completa ni oficinas formales. Aun así, el objetivo era claro y con fecha límite: abrir clases en enero de 1967. En apenas un par de meses debía organizarse todo: convocar maestros, reclutar alumnos, conseguir un espacio provisional y resolver la logística mínima para operar.

Los primeros pasos se dieron en condiciones precarias. El domicilio de los maestros fundadores se convirtió en oficina improvisada, centro de entrevistas y punto de inscripción. Incluso el mobiliario inicial —mesas y sillas— fue comprado, acondicionado y pintado por los propios responsables del proyecto. Cada avance era fruto de la insistencia y del ingenio.

Una escuela necesaria

¿Por qué tanto empeño? Porque la secundaria que se pretendía fundar no era un lujo educativo: era una respuesta a una carencia histórica. En el imaginario popular de la época, las opciones existentes no alcanzaban para todos y no todos cabían en ellas. Había jóvenes que terminaban la primaria y quedaban en el limbo: sin recursos, sin cupo, sin alternativa.

La nueva escuela nació con una vocación clara: recibir a quienes estaban quedando fuera. Hijos de familias trabajadoras, jóvenes con rezago escolar, estudiantes de colonias populares y de comunidades cercanas encontraron en la secundaria federal una puerta que antes no existía.

El reto de reunir a los primeros alumnos

La meta inicial fue ambiciosa: 180 estudiantes, organizados en tres grupos pioneros. Lograrlo implicaba convencer a las familias de apostar por una escuela que aún no tenía edificio ni nombre consolidado, solo la promesa de educación.

Ese primer alumnado sería el cimiento de todo lo que vendría después. Jóvenes distintos entre sí, pero unidos por una misma circunstancia: la necesidad de estudiar.

El nacimiento de la Federal

Así, entre trámites, improvisaciones y voluntad, el 9 de enero de 1967 abrió sus puertas la Escuela Secundaria Federal No. 361-19. No fue una inauguración solemne ni fastuosa, sino un arranque austero, casi silencioso, pero cargado de significado.

Nacía una escuela que, sin saberlo aún, marcaría a generaciones enteras.
Nacía una institución que aprendería a caminar antes de tener casa propia.
Nacía, en suma, una misión que muchos consideraron imposible… y que la comunidad educativa de Tuxpan convertiría en realidad.

Alumnos de la Secundaria Federal #361-19 en las instalaciones de la Feria

2️⃣ Chayito y los 180

El reclutamiento y el Tuxpan que se estaba quedando atrás

Si la fundación de la Secundaria Federal fue una misión imposible, llenarla de alumnos lo fue todavía más. A finales de 1966, la escuela existía solo en el papel: sin edificio, sin aulas formales y con un futuro incierto. Para que el proyecto no naufragara, la Secretaría de Educación Pública había fijado una meta inamovible: reunir ciento ochenta alumnos para conformar tres grupos de nuevo ingreso y arrancar clases en enero de 1967.

Convencer a las familias de apostar por una escuela que aún no tenía casa parecía una locura. Sin embargo, fue justo en ese momento cuando apareció una figura clave en la historia de la Federal.

Rosario Ochoa Vázquez, “Chayito”

Rosario Ochoa Vázquez, conocida por todos como Chayito, se integró desde el inicio como personal administrativo. Joven, eficiente y con una enorme capacidad de trato, pronto se convirtió en el motor del reclutamiento estudiantil. Su tarea no fue menor: recorrer la ciudad, hablar con padres de familia, convencer a jóvenes indecisos y dar forma a la primera generación de la secundaria.

En apenas dos meses, Chayito logró lo que muchos consideraban imposible: reunir a los ciento ochenta alumnos requeridos. Aquella hazaña no solo salvó el proyecto, sino que marcó el carácter social de la escuela desde su origen.

Una generación marcada por el rezago

Los primeros estudiantes de la Federal no respondían a un solo perfil. Eran, más bien, el reflejo fiel del Tuxpan que se estaba quedando atrás:

  • Jóvenes que habían terminado la primaria pero no pudieron continuar estudios por falta de recursos.
  • Muchachos que ya rondaban la mayoría de edad y buscaban una segunda oportunidad académica.
  • Estudiantes provenientes de colonias populares y comunidades cercanas.
  • Algunos que habían sido rechazados o expulsados de otras secundarias por bajo rendimiento o problemas de conducta.

El resultado fue una mezcolanza inédita: alumnos de distintas edades, contextos y trayectorias compartiendo el mismo salón. Para muchos, la Federal no era solo una escuela: era la última puerta abierta antes de quedar definitivamente fuera del sistema educativo.

Permisos especiales y voluntad institucional

El reclutamiento trajo consigo un reto inesperado. Una parte importante de los inscritos rebasaba la edad máxima permitida por la normativa educativa. Resolverlo implicó una carga burocrática considerable para el director fundador, Teófilo Vázquez Morales, quien tuvo que gestionar permisos especiales ante las autoridades educativas para no dejar fuera a esos jóvenes.

Aquella decisión fue crucial. En lugar de cerrar la puerta, la escuela optó por adaptarse a la realidad social que tenía enfrente. Esa flexibilidad inicial sería una de las señas de identidad de la Federal durante sus primeros años.

Jóvenes, estero y calle

Muchos de aquellos alumnos provenían de una vida marcada por la informalidad: boleaban zapatos en el centro, voceaban periódicos, nadaban o pescaban en el estero, o simplemente sobrevivían entre el desempleo y la espera. La llegada de la secundaria les ofreció estructura, disciplina y horizonte.

La escuela comenzó así a cumplir una función que iba más allá de la enseñanza académica: ordenar el tiempo, la rutina y las aspiraciones de una generación entera.

El verdadero cimiento de la Federal

Antes de las galeras, antes del edificio y antes de los desfiles, la Federal se sostuvo sobre sus alumnos. Esos ciento ochenta jóvenes fueron el verdadero cimiento de la institución. Sin ellos, la escuela no habría pasado de ser un proyecto fallido.

Gracias al trabajo incansable de Chayito y a la voluntad de las familias que confiaron en lo incierto, la Secundaria Federal nació con una vocación clara: ser una escuela para quienes más la necesitaban.

3️⃣ Las galeras, la feria ganadera y el éxodo escolar

Seis años cargando la escuela a lomo partido

Con los alumnos ya inscritos y las clases por iniciar, la pregunta inevitable era sencilla y brutal: ¿dónde dar clases? La Secundaria Federal había nacido sin edificio propio y necesitaba, de inmediato, un espacio donde operar. La solución llegó gracias a la solidaridad de la Asociación Ganadera Local, que aceptó prestar varias galeras ubicadas dentro del Campo Deportivo Damián Carmona, un espacio pensado para exposiciones y ferias, no para la vida escolar.

Ahí, entre ganado, tierra suelta y caminos improvisados, empezó a funcionar la escuela.

Aulas sin paredes

Las primeras “aulas” eran galeras de lámina:

  • sin paredes,
  • sin puertas,
  • sin ventanas.

Un pizarrón colgado del techo, sillas numeradas y el orden impuesto por los maestros bastaban para convertir aquel espacio abierto en salón de clases. En temporada de calor, el aire que corría desde el estero y los árboles cercanos hacía más llevadera la jornada. Pero cuando llegaban los nortes, el frío se colaba sin misericordia; y en época de lluvias, el agua entraba por todos lados, al grado de que —según recuerdan los protagonistas— “parecía llover más adentro que afuera”.

Aun así, se daba clase. Y se daba bien.

La condición que lo cambió todo: la feria ganadera

El préstamo de las galeras tenía una condición inamovible: cada año, a mediados de julio, el espacio debía quedar libre y en perfectas condiciones para la feria ganadera. Esto significó que, durante seis años consecutivos, la secundaria vivió un fenómeno insólito: un éxodo escolar anual.

Cuando se acercaba la feria, maestros y alumnos debían desmontar la escuela:

  • cargar pupitres,
  • mover pizarrones,
  • trasladar archivos y mobiliario.

Todo se hacía a mano, “a lomo partido”, rumbo a distintos sitios de resguardo temporal: oficinas prestadas, edificios públicos, incluso espacios comerciales. Terminada la feria, el proceso se invertía y la escuela volvía a instalarse en las galeras.

La Federal no solo enseñaba matemáticas o historia: enseñaba resistencia.

Una comunidad que se movía junta

Lo extraordinario de esta etapa no fue la precariedad, sino la respuesta colectiva. Alumnos, maestros y personal administrativo asumieron la mudanza como parte natural de la vida escolar. Nadie se preguntaba si era justo; se preguntaban cómo hacerlo mejor.

Ese ir y venir fortaleció el sentido de pertenencia. La escuela dejó de ser un edificio —que no tenía— para convertirse en una comunidad móvil, capaz de sostenerse incluso cuando el suelo cambiaba cada año.

Aprender en condiciones adversas

Estudiar en las galeras significaba adaptarse a todo:

  • ruido externo,
  • polvo,
  • frío,
  • lluvia,
  • distracciones constantes.

Pero también significaba aprender a concentrarse, a respetar el espacio común y a valorar la oportunidad de estudiar. Para muchos alumnos, esas condiciones no eran peores que las de su vida cotidiana; eran, simplemente, parte del entorno.

Con el paso del tiempo, lo que pudo haber sido motivo de fracaso se volvió motivo de orgullo. Los estudiantes de la Federal sabían que su escuela no era como las demás, y eso los distinguía.

La antesala del sueño propio

Durante esos seis años, las galeras fueron refugio, aula, escenario y trinchera. Ahí se formaron generaciones completas que entendieron, muy pronto, que la educación no siempre llega envuelta en comodidades, pero sí puede transformar destinos.

Ese largo periodo de provisionalidad dejó claro algo: la Federal ya no podía seguir siendo temporal. El crecimiento del alumnado y la consolidación académica exigían un paso más grande.

La historia del edificio propio estaba por comenzar.

Placa conmemorativa en agradecimiento a la Asociación Ganadera Local de Tuxpan Veracruz por facilitar las instalaciones del campo Damián Carmona para la fundación de la Escuela Secundaria

4️⃣ “Palmolives”, disciplina y vida cotidiana

Uniformes, apodos y adolescencia en la Federal

Si algo distinguió a la Secundaria Federal desde sus primeros años fue su identidad visible. Bastaba ver pasar a un grupo de alumnos por las calles de Tuxpan para reconocerlos de inmediato: uniforme verde militar, corbata, camisola de manga larga, gorra reglamentaria y un aire marcial que no pasó desapercibido para nadie.

El ingenio popular hizo lo suyo. Pronto, los estudiantes comenzaron a ser conocidos como “los Palmolives”, “los Sorches” o “los Sardos”, comparándolos con soldados por el color y la rigidez del uniforme. Lejos de ofender, el apodo terminó por reforzar el sentido de pertenencia: ser de la Federal era, también, portar ese uniforme con orgullo.

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Honores, disciplina y orden

La vida escolar estaba marcada por la disciplina. Cada lunes, a las siete en punto de la mañana, el alumnado se formaba para los honores a la bandera. No importaba el frío, la lluvia o el desvelo: la ceremonia era puntual y estricta. Se revisaba el uniforme, el aseo personal y la compostura; cualquier descuido se corregía en público.

La banda de guerra, los discursos y la escolta eran parte fundamental del ritual. Aquellos actos no solo inculcaban respeto por los símbolos patrios, sino también orden, responsabilidad y carácter, valores que muchos exalumnos recuerdan como una marca permanente en su formación.

El recreo fuera del aula: El Deportista y la rocola

Pero la Federal no era solo rigor. Al salir de clases o durante las horas muertas, la vida juvenil se desbordaba en los alrededores del campus. Uno de los puntos clave era la Refresquería El Deportista, ubicada a unos pasos de la entrada principal.

Ahí, generaciones enteras gastaron monedas de veinte centavos en la legendaria rocola Wurlitzer, seleccionando una y otra vez discos de 45 rpm cargados de rocanrol. Las tardes se llenaban de música, risas, horchatas, refrescos y tortas, mientras los jóvenes se apropiaban del espacio como una extensión natural de la escuela.

El Deportista no era solo una refresquería: era territorio estudiantil, punto de encuentro, confesionario improvisado y banda sonora de la adolescencia tuxpeña. Esta refresquería y tortería aún funciona en la colonia Rosa María, y sigue manteniendo las tradicionales horchatas y tortas de cueritos que disfrutaban los alumnos de esa época.

Circos, caravanas y mundo exterior

La vida cotidiana de la Federal estaba llena de episodios que hoy parecen sacados de una película. En ciertas temporadas, caravanas de jubilados norteamericanos se instalaban en el campus con sus casas rodantes, despertando curiosidad y permitiendo a los alumnos practicar su inglés en conversaciones improvisadas.

Otras veces llegaban los circos, que montaban sus carpas en los terrenos cercanos. Los estudiantes ayudaban a instalar estructuras a cambio de boletos, convivían con trapecistas, payasos y animales exóticos, y alimentaban una imaginación que iba mucho más allá del aula.

Incluso las misteriosas caravanas de gitanos, las ferias, los espectáculos y el movimiento constante del entorno formaban parte de una educación informal que enseñaba a mirar el mundo con asombro y picardía.

Adolescencia en estado puro

Ser alumno de la Federal en esos años era vivir la adolescencia con intensidad:

  • amistades sólidas,

  • travesuras,

  • primeros amores,

  • rebeldías discretas y castigos memorables.

Todo ocurría entre galeras, esteros, campos deportivos y aulas abiertas. La escuela se convertía en el centro de la vida diaria, incluso fuera del horario escolar.

La disciplina y el desorden convivían en un equilibrio peculiar. Los apodos, las bromas y las historias compartidas terminaron por forjar una identidad colectiva que aún hoy se reconoce entre exalumnos con solo mencionarla.

La Federal ya no era solo una escuela improvisada: era una forma de ser.

El uniforme verde militar y la disciplina de honores a la bandera dibujaron una época completa. El humor tuxpeño bautizó a los alumnos con apodos como “Los Palmolives”, “Los Sorches” o “Los Sardos”, por el aire castrense del atuendo.

5️⃣ Deportes, música y personajes inolvidables

Cuando la Federal empezó a hacer historia

Con el paso de los años, la Secundaria Federal dejó de ser solo una escuela que resistía la precariedad para convertirse en una institución que destacaba. Desde las galeras y los espacios abiertos, la Federal comenzó a forjar prestigio en ámbitos que iban más allá del aula: el deporte, la música y el carácter de sus personajes.

Ahí, en condiciones que hoy parecerían imposibles, surgieron historias que colocaron a la escuela en el mapa local, estatal e incluso nacional.

El deporte como orgullo institucional

La Educación Física fue, desde el inicio, un pilar. Primero bajo la conducción del maestro Agustín Abarca Manzanares, y más tarde con la llegada de instructores especializados como Óscar Fuentes Miranda y Benjamín Barbosa Flores, la Federal desarrolló una cultura deportiva sólida.

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Sin pistas profesionales ni equipo sofisticado, los alumnos entrenaban en lo que había:

  • el óvalo del campus,

  • el campo Damián Carmona,

  • la Unidad Deportiva,

  • terrenos improvisados para saltos, carreras y prácticas atléticas.

Y aun así, los resultados llegaron.

Uno de los episodios más emblemáticos fue el del alumno Juan Manuel “El Güero” Moctezuma Domínguez, quien se convirtió en campeón nacional juvenil en salto de longitud y obtuvo además un tercer lugar en relevos 4×100 en los Juegos Deportivos Nacionales de 1970. Un logro histórico: hasta donde se tiene memoria, fue el único alumno activo de la Federal en alcanzar podios nacionales en dos disciplinas distintas.

Aquella hazaña no solo fue una victoria personal, sino un triunfo colectivo que demostró que desde una escuela sin edificio propio también podían surgir campeones.

Música que rompió fronteras

Si el deporte dio prestigio, la música dio identidad y proyección. Con la incorporación del maestro Jesús “Chucho” Robledo Ortiz, egresado del Conservatorio de las Rosas, la educación musical de la Federal dio un salto inesperado.

De la carencia absoluta de instrumentos se pasó, con el tiempo, a la formación de un Grupo Experimental Instrumentista que llegó a integrar hasta ochenta y cinco alumnos. Bajo su dirección, la Federal participó y ganó certámenes locales, regionales y estatales, logrando algo impensable para una secundaria pública de provincia: presentarse en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, en tres ocasiones.

Además, el grupo fue invitado a programas de televisión nacional y dejó registro fonográfico de su trabajo, llevando el nombre de Tuxpan y de la Federal mucho más allá de sus fronteras.

Maestros que marcaron época

La historia de la Federal no se explica sin sus maestros. Personajes de voz fuerte, carácter recio o trato afable que dejaron huella indeleble en generaciones enteras:

  • Óscar Fuentes Miranda, formador de atletas y descubridor de talentos.

  • Jesús Robledo Ortiz, impulsor de la música como disciplina y arte.

  • Alembert Dinorín Cabrera, el inolvidable “general” del álgebra, cuya voz aún parece resonar en la memoria colectiva.

  • Juan Campos Cárdenas, el subdirector apodado El Mocosón, temido y respetado por igual.

Cada uno, con su estilo, aportó a la construcción de una escuela con carácter propio.

Mucho más que clases

La Federal comenzó a ser reconocida no solo por lo que enseñaba, sino por lo que producía: atletas, músicos, líderes naturales, estudiantes con disciplina y sentido de pertenencia. Sus desfiles cívicos, participaciones culturales y competencias deportivas se volvieron esperadas y, muchas veces, dominantes.

Aquella secundaria improvisada ya no era vista como una opción de segunda: era un referente.

La escuela había demostrado que podía formar, destacar y trascender. Solo faltaba un último paso para cerrar el ciclo heroico de su historia temprana: dejar atrás la provisionalidad y tener, por fin, un hogar definitivo.

Alumnos de la Secundaria General Emiliano Zapata en los Juegos Deportivos Infantiles y Juveniles Nacionales en 1970 celebrados en Oaxtepec Morelos

Estudiantina de la Secundaria «General Emilinano Zapata»

Disco de la Secundaria «General Emiliano Zapata» Puede descargar sus canciones dando click aquí: Descargar Canciones

6️⃣ De las galeras al edificio propio

La lucha por el terreno, la primera piedra y el legado

Después de seis años de clases en galeras, mudanzas anuales y crecimiento sostenido, la pregunta dejó de ser si la Secundaria Federal necesitaba un edificio propio y pasó a ser cuándo y dónde. La escuela ya no era provisional: su matrícula aumentaba cada ciclo, su prestigio académico y cultural se consolidaba y la comunidad escolar exigía un espacio definitivo.

La búsqueda del terreno

Desde 1968, un grupo de maestros y gestores emprendió una tarea tan compleja como persistente: conseguir un terreno viable para construir la escuela. Encabezaron el esfuerzo figuras clave como Pablo Gutiérrez Zúñiga, Alembert Dinorín Cabrera y César Marquina Zambrano, quienes tocaron puertas municipales, estatales y federales.

Hubo opciones que se analizaron y se descartaron. Algunos predios resultaron inadecuados por su ubicación, otros por condiciones insalubres o por la falta de servicios básicos. La consigna era clara: no repetir la precariedad, sino garantizar un entorno digno y funcional para la comunidad educativa.

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El acuerdo decisivo

La solución llegó cuando el municipio de Tuxpan cedió un terreno colindante con la Unidad Deportiva, una ubicación estratégica y con condiciones inmejorables para un plantel educativo. A partir de ahí, se formalizaron trámites, se levantaron actas, se realizaron estudios topográficos y se elaboró el proyecto arquitectónico conforme a los lineamientos del entonces organismo constructor escolar.

Paralelamente, se integró un patronato pro-construcción, con el respaldo de autoridades municipales, padres de familia y la propia comunidad estudiantil, que organizó bailes, rifas y actividades para recaudar fondos. La escuela ya no luchaba sola: Tuxpan la respaldaba.

La primera piedra

En abril de 1972, se colocó la primera piedra del edificio escolar. El acto fue solemne y simbólico: marcaba el fin de una etapa heroica y el inicio de una nueva era. Aquella piedra representó algo más que concreto y planos; fue el reconocimiento oficial de que la Federal había llegado para quedarse.

Enero de 1973: el último éxodo

A inicios de enero de 1973, ocurrió el último éxodo escolar. Por última vez, alumnos y maestros cargaron mobiliario, archivos y recuerdos. Pero esta vez no fue para mudarse de manera temporal, sino para instalarse definitivamente en su propio plantel.

Las galeras quedaron atrás. Con ellas se cerró un capítulo de esfuerzo extremo, aprendizaje en condiciones adversas y una convivencia que forjó carácter. El nuevo edificio ofrecía aulas formales, espacios administrativos y la posibilidad de crecer sin volver a empacar cada julio.

Un legado que perdura

La antigua Escuela Secundaria Federal No. 361-19 se transformó con el tiempo en la Escuela Secundaria General No. 1 “Emiliano Zapata”, pero conservó intacto su espíritu fundacional: ser una escuela de oportunidades.

Desde entonces, miles de estudiantes de Tuxpan y comunidades cercanas han pasado por sus aulas. Muchos no recuerdan las galeras, los nortes o el lodo; pero sí heredan una institución sólida, construida con voluntad, comunidad y memoria.

La Federal dejó de ser itinerante para volverse permanente.
Dejó de improvisar para consolidarse.
Y demostró que, cuando una escuela nace de la necesidad y del compromiso colectivo, su legado no se borra.

En abril de 1972, se colocó la primera piedra del edificio escolar. El acto fue solemne y simbólico: marcaba el fin de una etapa heroica y el inicio de una nueva era. Aquella piedra representó algo más que concreto y planos; fue el reconocimiento oficial de que la Federal había llegado para quedarse

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